Querida
comunidad:
Hoy celebramos con inmensa alegría la
Solemnidad de la Asunción de la Virgen María al cielo, un acontecimiento que
coincide de manera providencial con el último día de nuestra novena patronal en
honor a San Roque. Ambos testimonios de fe nos invitan hoy a levantar la mirada
al cielo, pero con los pies firmemente puestos en la tierra y el corazón
dispuesto a servir.
El Evangelio de Lucas nos presenta a la
Virgen María levantándose y partiendo de prisa hacia la montaña para servir a
su prima Isabel. Al mirar a María, podemos ver el reflejo de cualquier joven o
de cualquier madre de hoy que decide ser fiel a la Voluntad de Dios.
Ella es el modelo de esos jóvenes que,
ante la dura realidad de la falta de oportunidades, la contrariedad, la
incertidumbre y el pesimismo, no pierden la alegría ni la esperanza de un
futuro mejor. Ella es el espejo de las madres de hoy que le dicen un "SÍ"
rotundo a la vida, resistiendo con valentía a la cultura de la muerte, a los
prejuicios y al rechazo.
María nos moviliza hoy como modelo en la
fe y como ejemplo de salida generosa hacia el prójimo. Su testimonio nos enseña
tres verdades fundamentales:
-
La
fe verdadera siempre
nos mueve a salir de nosotros mismos.
-
El
amor cristiano nos
inspira a atender las necesidades de los demás sin demora.
-
El
Evangelio nos
compromete a trabajar por una sociedad más justa y solidaria.
María nos anima a confiar en Dios en
medio de nuestras propias dudas, incertidumbres y angustias. Ella nos demuestra
que la santidad no es un privilegio lejano, sino que comienza por algo tan
sencillo y profundo como escuchar y aceptar la voluntad del Padre.
En su hermoso cántico del Magníficat,
la Virgen proclama que el Señor derriba a los potentados y enaltece a los
humildes.
Esta actitud de humildad y de salida
pronta hacia los necesitados es, precisamente, la que transformó la vida de
nuestro querido San Roque. Al quedar huérfano, no se encerró en su dolor;
vendió todo lo que tenía y salió al encuentro de los enfermos de peste. Su
entrega fue tan profunda que él mismo terminó contagiándose. Para proteger a la
comunidad y no contagiar a nadie, decidió retirarse solo a un bosque.
Pero el Dios de la misericordia, ese
mismo Dios que María alaba porque enaltece a los humildes, no abandonó a
San Roque. Lo sostuvo en su fragilidad a través de la fidelidad del perrito
Melampo, que providencialmente le llevaba pan todos los días.
Esta es la fe que compartieron la Virgen
María y San Roque: una fe viva, que mueve los corazones a servir a los más
necesitados y a llevarles consuelo, alegría y paz.
En esta Eucaristía, al concluir nuestra
novena, pidamos al Señor la gracia de una fe sencilla. Que la comunión que
vamos a recibir nos acerque con ternura a todo aquel que hoy necesita nuestra
ayuda y nuestro consuelo.
Que la Virgen Asunta y San Roque
intercedan por nuestra comunidad. Que así sea.