Homilías
Homilía – XIX Domingo del Tiempo Ordinario
Mateo 14, 22-33
Queridos hermanos:
El Evangelio de hoy nos presenta una escena que también refleja nuestra propia vida. Los discípulos están en una barca, de noche, con el viento en contra y las olas amenazando con hundirlos. ¿Cuántas veces nosotros también nos sentimos así? Las dificultades familiares, la enfermedad, la incertidumbre económica o las preocupaciones del futuro nos hacen pensar que estamos solos.
Sin embargo, Jesús no ha abandonado a sus discípulos. Se acerca caminando sobre las aguas y les dice: «¡Ánimo! Soy yo. No tengan miedo.» En la Biblia, el mar simboliza el caos y el mal. Que Jesús camine sobre él significa que ninguna tormenta es más fuerte que su poder y su amor.
Pedro pide ir hacia Jesús. Mientras mantiene la mirada fija en el Señor, camina sobre el agua; cuando mira el viento y las olas, comienza a hundirse. También nosotros perdemos la paz cuando dejamos que el miedo ocupe el lugar de la fe. Pero Pedro hace algo decisivo: grita «¡Señor, sálvame!», y Jesús inmediatamente le tiende la mano. Así actúa siempre el Señor con nosotros: no nos abandona en nuestras caídas, sino que nos levanta.
Este Evangelio también ilumina la realidad de nuestra patria. Muchos argentinos viven hoy con preocupación por el trabajo, el costo de la vida, la pobreza, la incertidumbre y la división social. Es fácil dejar que el miedo conduzca la barca.
Pero Jesús vuelve a decirnos: «No tengan miedo.» Su presencia no elimina mágicamente los problemas, pero nos da la fuerza para afrontarlos con esperanza y responsabilidad.
Como recuerda la Conferencia Episcopal Argentina en el documento Den ustedes de comer, la respuesta cristiana a la crisis no puede ser la indiferencia. Cristo sigue actuando cuando compartimos lo que somos y lo que tenemos. Cada gesto de solidaridad, cada familia que permanece unida, cada catequista, cada servidor de Cáritas, cada persona que acompaña al que sufre, es una manera concreta de extender la mano de Cristo a quien comienza a hundirse.
Al final del relato, cuando Jesús sube a la barca, el viento se calma y los discípulos proclaman: «Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios.» También nuestras tormentas pueden convertirse en un camino para crecer en la fe, si no apartamos la mirada de Cristo.
Pidámosle al Señor que, en medio de las dificultades personales y sociales que vivimos, nos conceda una fe firme para seguir caminando con Él. Y que, cuando sintamos que nos hundimos, nunca dejemos de repetir la oración de Pedro: «Señor, sálvame.» Quien confía en Cristo descubre que Él nunca abandona la barca de su Iglesia ni la vida de sus hijos.
Amén.
Homilía – Mateo 16, 24-28
En el marco de las fiestas de San Roque y la memoria
de San Cayetano
Queridos hermanos y
hermanas:
La Palabra de Dios que acabamos de escuchar nos presenta una invitación exigente y, al mismo tiempo, profundamente esperanzadora. Jesús nos dice: "El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga." No es una invitación al sufrimiento por el sufrimiento mismo, sino al camino del amor, de la entrega y de la confianza en Dios.
Hoy celebramos la
memoria de San Cayetano, el santo de la Providencia, a quien tantos fieles
acuden con el corazón lleno de esperanza para pedir pan, paz y trabajo.
Estas tres palabras resumen anhelos muy profundos de nuestras familias. Pedimos
el pan que alimenta la mesa y dignifica la vida; pedimos trabajo, porque a
través de él la persona participa de la obra creadora de Dios y sostiene a los
suyos; y pedimos la paz, tan necesaria en nuestros hogares, en nuestra sociedad
y en el mundo entero.
Sin embargo, el
Evangelio nos recuerda que estos dones no se alcanzan solamente buscando el
propio interés. Jesús nos enseña que quien vive únicamente para sí termina
perdiendo el sentido de la vida; en cambio, quien se entrega por amor descubre
la verdadera felicidad. San Cayetano comprendió esto profundamente. Su vida fue
una entrega generosa a los pobres, a los enfermos y a quienes sufrían la falta
de trabajo y de oportunidades. Su confianza en la Providencia no fue pasiva,
sino activa: trabajó incansablemente para que otros recuperaran la esperanza.
Celebramos también
esta novena en honor de San Roque, peregrino y servidor de los enfermos. Él nos
recuerda que la fe siempre se traduce en gestos concretos de compasión y
cercanía. Tanto San Roque como San Cayetano nos enseñan que seguir a Cristo
significa poner la vida al servicio de los demás, especialmente de quienes más
necesitan una mano tendida.
Hoy nuestras
comunidades siguen cargando muchas cruces: la incertidumbre económica, la falta
de empleo, las enfermedades, las divisiones familiares, la violencia y la
desesperanza. Frente a todo esto, Jesús no promete un camino fácil, pero sí
asegura que quien camina con Él nunca está solo. La cruz llevada con Cristo se
transforma en camino de resurrección.
Por eso, al
acercarnos al altar, pongamos en las manos del Señor nuestras necesidades y las
de todo nuestro pueblo. Pidamos, por intercesión de San Cayetano, que nunca
falte el pan en ninguna mesa, que cada persona tenga un trabajo digno y que
reine la paz en los corazones y en nuestra patria. Y pidamos también, por la
intercesión de San Roque, la salud del cuerpo y del espíritu, y un corazón
dispuesto a servir con generosidad.
Que esta Eucaristía
renueve nuestro compromiso de seguir a Jesús con fidelidad, de compartir con
quienes menos tienen y de ser signos de esperanza allí donde vivimos. Porque el
Reino de Dios comienza cuando abrimos el corazón a Cristo y hacemos de nuestra
vida un don para los demás.
Homilía – XVIII Domingo del Tiempo Ordinario
Mateo 14, 13-21
«Denles ustedes de comer»
Queridos hermanos:
El Evangelio de hoy comienza con un detalle que revela el corazón de Jesús: «Al ver a la multitud, tuvo compasión de ella».
Jesús no ve una multitud anónima. Ve personas. Ve rostros, historias, sufrimientos y esperanzas. Ve a los enfermos, a los cansados, a quienes buscan una palabra que les devuelva la esperanza.
También hoy Jesús mira con esa misma compasión a nuestra comunidad de Santa María de Punilla. Ve a las familias que hacen un gran esfuerzo para sostener su hogar; a quienes viven con la incertidumbre del trabajo; a los adultos mayores que muchas veces sufren la soledad; a los jóvenes que buscan un horizonte para sus vidas; a las familias que llevan el dolor de las adicciones de un hijo, de un hermano o de un padre; y a tantos que cargan cruces que solo Dios conoce.
Frente a esa realidad, los discípulos le dicen a Jesús: «Despide a la gente». En otras palabras: "Que cada uno se arregle como pueda".
Pero Jesús responde con una frase que atraviesa toda la vida de la Iglesia:
«Denles ustedes de comer».
No les pide que resuelvan todos los problemas del mundo. Les pide que no sean indiferentes. Les pide que se hagan cargo de la parte que les corresponde.
Esa palabra también es para nosotros.
Como Iglesia no podemos acostumbrarnos al dolor del hermano. No podemos pasar de largo frente al que sufre. No podemos celebrar la Eucaristía y desentendernos de las necesidades de quienes viven a nuestro lado.
Porque hay muchas hambres.
Hay hambre de pan, pero también hambre de trabajo, de escucha, de afecto, de oportunidades, de perdón, de esperanza y, sobre todo, hambre de Dios.
Entonces los discípulos responden: «No tenemos más que cinco panes y dos pescados».
¡Qué parecida es esa respuesta a la nuestra!
"Somos pocos."
"No tenemos recursos."
"No podemos hacer demasiado."
Y, sin embargo, Jesús no les pregunta cuánto tienen. Les dice: «Tráiganmelos».
Lo importante no es cuánto tenemos, sino si estamos dispuestos a ponerlo en las manos del Señor.
Y aquí quisiera que miremos nuestra propia comunidad.
Muchas veces pensamos que tenemos poco para ofrecer. Pero hoy podemos descubrir que nuestros cinco panes y nuestros dos pescados ya están entre nosotros.
Son pequeños signos del Reino que Dios ya está multiplicando.
Son las familias que participan de "Caminando en la Esperanza", donde quienes sufren por la adicción de un ser querido encuentran escucha, oración, contención y una comunidad que les dice: "No están solos."
Es la Catequesis de Adultos, donde hombres y mujeres, familiares de los niños de catequesis para la Primera Comunión vuelven a encontrarse con Jesucristo, redescubren la fe y completan su iniciación cristiana para comenzar una vida nueva.
Es Cáritas Parroquial, que gracias a la generosidad de tantos hermanos comparte de manera constante alimentos y acompaña a las familias que más lo necesitan.
Quizás parezcan obras pequeñas.
Pero el Evangelio nos enseña que cuando esos panes y esos pescados se ponen en las manos de Jesús, Él los bendice, los multiplica y los convierte en alimento para muchos.
Y seguramente el Señor nos está invitando a seguir multiplicando esos panes.
Tal vez algunos puedan ofrecer un poco de su tiempo.
Otros podrán acercarse a Cáritas.
Otros podrán acompañar a una familia que está sufriendo.
Otros podrán sumarse a "Caminando en la Esperanza".
Otros podrán colaborar en la Catequesis de Adultos.
Otros simplemente podrán visitar a un enfermo, escuchar a una persona sola o tender una mano a quien ha perdido la esperanza.
Cada bautizado tiene un pan y un pescado para ofrecer.
Nadie es tan pobre que no tenga nada para dar.
Y nadie es tan rico que no necesite recibir.
Por eso comprendemos el sentido profundo del documento de nuestros obispos "Denles ustedes de comer". La Eucaristía nunca termina en el altar. La Eucaristía celebrada tiene que convertirse en Eucaristía vivida.
El Cuerpo de Cristo que recibimos nos impulsa a ser el Cuerpo de Cristo que sirve, acompaña, escucha, consuela y sostiene a los hermanos.
Por eso, esta celebración no solo nos invita a colaborar con estos servicios parroquiales, sino también a reconocer con alegría que Cristo ya está multiplicando los panes en medio de nuestra parroquia. Él sigue obrando a través de personas sencillas que ofrecen su tiempo, sus talentos y su corazón.
Ahora la pregunta es para cada uno de nosotros:
¿Cuál es mí pan y cuál es mí pescado?
¿Qué don, qué servicio, qué tiempo o qué capacidad puedo poner hoy en las manos del Señor?
Porque cuando cada bautizado entrega con generosidad su pequeño pan y su pequeño pescado, el milagro continúa: crece la esperanza, se fortalece la comunidad y nadie queda solo.
Que esta Eucaristía renueve en nosotros el deseo de poner nuestra vida en las manos de Cristo.
Y que, al salir de esta celebración, no olvidemos que Jesús sigue diciéndonos, no como un consejo sino como una misión:
«Denles ustedes de comer».
Amén.
Homilía – XV
Domingo durante el Año (Ciclo A)
Mateo 13, 1-23
Queridos hermanos:
El Evangelio de este domingo nos presenta una imagen muy
sencilla y, al mismo tiempo, profundamente esperanzadora: un sembrador que sale
a sembrar.
Lo primero que sorprende es que ese sembrador no hace
cálculos. No selecciona cuidadosamente dónde dejar caer la semilla. La esparce
con abundancia, incluso allí donde parece que no dará resultado. Para cualquier
agricultor sería una imprudencia; para Dios es una muestra de su amor.
Ese sembrador es el Señor.
Dios nunca deja de sembrar su Palabra en nuestra vida. No se
cansa de hablarnos, de buscarnos, de ofrecernos una nueva oportunidad. Su amor
no depende de nuestros méritos ni de nuestros fracasos. Él sigue confiando en
nosotros aun cuando nosotros hayamos dejado de confiar en nosotros mismos.
Pero la parábola también nos invita a hacernos una pregunta
muy personal: ¿Cómo está hoy mi corazón?
Porque Jesús no habla de cuatro clases de personas, sino de
cuatro maneras en que puede encontrarse el corazón de cada uno de nosotros.
Hay momentos en que somos como el camino endurecido.
Escuchamos la Palabra, pero no llega a entrar. La rutina, las preocupaciones,
los prejuicios o la indiferencia hacen que resbale sobre nuestra vida sin
transformarnos.
Otras veces somos como el terreno pedregoso. Nos emocionamos
con una celebración, un retiro o una misión, pero cuando aparecen las
dificultades, los sacrificios o las exigencias del Evangelio, aquello que
parecía tan firme se desvanece porque no echó raíces.
También podemos parecernos al terreno lleno de espinos. La
semilla germina, pero queda ahogada por las preocupaciones, el afán de tener
siempre más, la búsqueda del bienestar personal, el individualismo o el ritmo
acelerado de la vida. Poco a poco esas cosas ocupan el lugar que sólo Dios
debería ocupar.
Y gracias a Dios, también existen momentos en que somos
tierra buena: cuando escuchamos con humildad, dejamos que la Palabra nos
cuestione y permitimos que transforme nuestras actitudes.
Lo importante es comprender que ningún terreno está
condenado a permanecer igual. Un camino puede ablandarse. Las piedras pueden
quitarse. Los espinos pueden arrancarse. La gracia de Dios siempre puede
renovar nuestro corazón.
Hermanos, mientras rezaba este Evangelio pensaba en nuestra
comunidad parroquial.
Hace un tiempo vivimos la Asamblea Parroquial. Allí nos
animamos a mirar nuestra realidad con sinceridad. Dimos gracias por tantas
personas que sirven generosamente: catequistas, ministros, Cáritas, quienes
preparan la liturgia, los jóvenes, las familias y tantos hermanos que sostienen
silenciosamente la vida de la parroquia.
Pero también descubrimos que el Señor nos sigue llamando a
crecer.
Queremos ser una comunidad más participativa, más fraterna,
más misionera; una Iglesia que salga al encuentro de quienes están alejados,
que acompañe mejor a las familias, que escuche más y que viva una auténtica
corresponsabilidad en la misión.
Sin embargo, el Evangelio de hoy nos recuerda que esa
renovación no comienza haciendo más actividades.
Comienza dejando que la Palabra transforme nuestro corazón.
Porque podemos organizar muchas cosas y, sin embargo, seguir
siendo un terreno endurecido por las críticas, por las divisiones o por la
falta de diálogo.
Podemos tener muchos proyectos y, sin embargo, abandonar el
camino cuando aparecen las primeras dificultades.
Podemos llenar la agenda de reuniones y actividades, pero
permitir que los espinos del "no tengo tiempo", del "que lo haga
otro" o del "siempre se hizo así" terminen ahogando la fuerza
del Evangelio.
La verdadera renovación de una parroquia comienza cuando
cada bautizado permite que Cristo transforme su manera de pensar, de hablar y
de vivir.
La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos regalaba
una imagen llena de esperanza. Así como la lluvia y la nieve fecundan la tierra
y no vuelven sin haber producido fruto, también la Palabra de Dios actúa
silenciosamente en nuestra historia.
Muchas veces nosotros quisiéramos resultados inmediatos.
Dios, en cambio, sabe esperar.
Lo saben muy bien tantos padres y madres que siguen rezando
por un hijo que se ha alejado de la fe.
Lo saben los catequistas que siembran con paciencia sin ver
enseguida los frutos.
Lo saben quienes visitan enfermos, acompañan a personas
solas o trabajan por los más necesitados.
El Evangelio de hoy nos dice: no dejen de sembrar.
Nunca pensemos que una palabra de consuelo, un gesto de
perdón, una visita, una invitación o una oración son inútiles. Dios puede hacer
germinar esa semilla cuando menos lo esperamos.
Finalmente, Jesús nos dice que la buena tierra se reconoce
por los frutos.
No por las palabras.
No por las buenas intenciones.
No por la cantidad de actividades.
Se reconoce porque produce frutos de amor, de servicio, de
justicia, de reconciliación y de solidaridad.
Al terminar esta celebración, el Señor no nos pregunta
solamente si hemos escuchado su Palabra. Nos preguntará si estamos dispuestos a
dejar que esa Palabra cambie algo concreto de nuestra vida.
Que al volver a nuestras casas nos llevemos esta pregunta en
el corazón: ¿Qué necesita quitar hoy el Señor de mi terreno para que su
semilla pueda dar más fruto?
Pidámosle al Sagrado Corazón de Jesús que haga de nuestra
comunidad una tierra buena: una comunidad que escucha antes de juzgar, que
sirve antes que buscar reconocimiento, que sale al encuentro antes que esperar,
y que vive con alegría la misión de anunciar el Evangelio.
Que María, la mujer que acogió plenamente la Palabra de
Dios, nos enseñe a conservarla en el corazón y a dar frutos abundantes de fe,
esperanza y caridad.
Amén.
Homilía XIV Domingo durante el Año
Mt 11, 25-30
"Carguen con mi yugo y aprendan de mí, porque soy manso y humilde de corazón."
Queridos hermanos:
Creo que todos, si somos sinceros, llegamos hoy a la
Eucaristía con alguna carga en el corazón. Algunos cargan preocupaciones por la
familia; otros, por la salud; otros, por el trabajo o la situación económica.
También hay quienes cargan el cansancio de tantos años de servicio en la
Iglesia, o el dolor de ver que las cosas no siempre salen como uno esperaba.
Y justamente a todos nosotros Jesús nos dirige una
invitación que conmueve: "Vengan a mí todos los que están afligidos y
agobiados, y yo los aliviaré."
No dice: "Vengan los perfectos". No dice:
"Vengan los que tienen todo resuelto". Dice: "Vengan los
cansados." Es como si conociera de antemano el corazón de cada uno.
Pero enseguida agrega algo que puede sorprendernos: "Carguen
con mi yugo."
¿No acababa de decir que iba a aliviarnos? ¿Por qué ahora
nos habla de un yugo?
Porque Jesús no promete una vida sin responsabilidades. No
elimina las dificultades de la existencia. Lo que cambia es la manera de
vivirlas. Él no nos deja solos bajo el peso de la carga. Se pone a caminar con
nosotros.
El yugo era una pieza de madera que unía a dos animales para
trabajar juntos. Jesús nos dice: "Ponete a caminar conmigo. Yo voy a tu
lado. Yo llevo el mayor peso."
Y eso cambia todo.
Hay cargas que nos aplastan cuando creemos que todo depende
de nosotros. Pero cuando descubrimos que el Señor camina con nosotros, la misma
carga se vuelve más liviana.
Después Jesús nos dice algo todavía más importante: "Aprendan
de mí, porque soy manso y humilde de corazón."
Llama la atención que Jesús no diga: aprendan mi poder, mi
sabiduría o mis milagros. Dice: aprendan mi mansedumbre y mi humildad.
Y esto va completamente a contramano de la cultura que
respiramos todos los días.
Vivimos en un mundo donde pareciera que vale más quien grita
más fuerte, quien impone su opinión, quien consigue poder o prestigio. Un mundo
que muchas veces alimenta la competencia antes que la fraternidad.
Jesús propone exactamente lo contrario.
Nos dice que la verdadera fuerza nace de la humildad y que
la verdadera grandeza está en servir.
La humildad no es pensar poco de uno mismo. Es reconocer que
necesitamos de Dios y también de los demás. Es dejar de creer que solos podemos
hacerlo todo.
Y la mansedumbre tampoco es debilidad. Es la fuerza de quien
sabe dominar la violencia, el enojo, el orgullo y el deseo de imponerse.
Hace pocos días vivimos nuestra Asamblea Parroquial.
Y creo que fue una experiencia muy linda porque, más que
buscar respuestas rápidas, quisimos escucharnos. Escuchar al Espíritu Santo y
escucharnos entre nosotros.
Aparecieron muchas alegrías. Descubrimos personas muy
comprometidas, comunidades vivas, ganas de crecer, deseos de anunciar mejor el
Evangelio y de acercarnos a quienes están más lejos.
Pero también aparecieron nuestras cargas.
Reconocimos que a veces nos cuesta trabajar juntos. Que a
veces esperamos que siempre sean los mismos los que hagan todo. Que en
ocasiones aparecen críticas, desencuentros, desánimos o el "esto siempre
fue así". Y también vimos que muchas veces nos falta tiempo para
escucharnos de verdad.
Y no pasa solamente en la parroquia.
También pasa en nuestras familias.
Muchas veces todos viven bajo el mismo techo, pero cuesta
escucharse. Cada uno anda con su celular, con sus preocupaciones, con su mundo.
Hay diálogo, pero pocas veces hay verdadero encuentro.
También pasa en la sociedad, donde cada vez cuesta más
respetar al que piensa distinto.
Por eso este Evangelio parece escrito para nuestro tiempo.
Jesús no viene a fundar un grupo de personas aisladas que
cada una se salve por su cuenta.
Él quiere una comunidad.
Quiere una familia.
Quiere una Iglesia donde aprendamos a caminar juntos.
Y eso exige paciencia.
Exige humildad.
Exige reconocer que nadie posee toda la verdad y que todos
tenemos algo para aprender.
La reflexión que acompañaba este Evangelio decía algo muy
profundo: el Reino de Dios no se construye solamente porque exista un buen
líder. Se construye cuando una comunidad entera decide vivir de otra manera.
Eso significa que nuestra Asamblea no dará fruto solamente
porque escribamos un buen documento o porque hagamos una linda planificación.
Dará fruto cuando todos demos pequeños pasos concretos.
Cuando alguien decida dejar de criticar para empezar a
colaborar.
Cuando otro vuelva a participar de la comunidad.
Cuando un joven encuentre un lugar donde sea escuchado.
Cuando una familia descubra que también puede servir.
Cuando un catequista, un ministro, un miembro de Cáritas, un
servidor de la liturgia o cualquier bautizado haga su tarea con alegría y no
solamente por obligación.
Las comunidades cambian cuando muchas personas realizan
pequeños gestos de amor todos los días.
Por eso Jesús termina diciendo: "Mi yugo es suave y
mi carga ligera."
No porque el Evangelio sea fácil.
Sino porque el amor siempre hace más liviano aquello que el
egoísmo vuelve pesado.
Cuando uno ama, encuentra fuerzas donde antes pensaba que no
las tenía.
Cuando uno sirve con alegría, el cansancio existe, pero ya
no pesa igual.
Cuando uno sabe que Cristo camina a su lado, nunca trabaja
solo.
Hoy, al terminar nuestra Asamblea, el Señor nos hace una
pregunta muy sencilla:
¿Qué lugar quiero ocupar en esta comunidad?
No qué pueden hacer los demás.
¿Qué puedo hacer yo?
¿Dónde me necesita el Señor?
¿Qué actitud tengo que cambiar para que mi familia sea más
unida y mi parroquia más fraterna?
Porque el Reino de Dios empieza allí.
No con grandes discursos.
Empieza cuando dejamos que Jesús haga nuestro corazón un
poco más humilde, un poco más manso y mucho más disponible para amar.
Pidámosle al Señor que nuestra Asamblea no quede guardada en
una carpeta ni solamente en un documento.
Que quede escrita en nuestros corazones.
Y que, dentro de algunos años, podamos decir que aquel
encuentro marcó un antes y un después, porque aprendimos a caminar juntos
llevando el mismo yugo: el del Evangelio, sostenidos siempre por Cristo, que
nunca abandona a su pueblo.
Que así sea.
CELEBRACIÓN DEL DOMINGO XIII DURANTE
EL AÑO.
PROFESIÓN DE FE Y JURAMENTO DE OFICIO
DEL DIÁCONO PERMANENTE DANIEL NIETO FERREYRA
Mateo 10, 37-42
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios que acabamos de escuchar puede parecernos exigente, incluso dura. Jesús afirma: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí». Y añade: «El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí».
Estas palabras no pretenden disminuir el valor de la familia ni los afectos humanos. Jesús mismo amó profundamente a su Madre, a sus amigos y a su pueblo. Lo que quiere enseñarnos es que el discípulo debe poner a Dios en el centro de su vida para que todos los demás amores encuentren su verdadera medida y plenitud.
Las primeras comunidades cristianas comprendieron muy pronto esta exigencia. Después de encontrarse con Cristo resucitado descubrieron que no podían quedarse encerradas en sus propios intereses, en sus seguridades o en los límites de su grupo. Debían salir al encuentro de todos, especialmente de los pobres, los excluidos y los olvidados. Debían construir comunidades vivas antes que edificios; debían servir antes que dominar; debían buscar las periferias antes que los centros de poder.
Por eso el Evangelio de Mateo insiste con tanta fuerza en las exigencias del seguimiento. El amor a Cristo no puede quedar reducido a un sentimiento privado o a una devoción individual. Amar a Jesús significa amar lo que Él amó y vivir como Él vivió. Significa abrazar su proyecto, el Reino de Dios, y poner la propia vida al servicio de los demás.
En este contexto adquiere un significado muy especial el paso que hoy da Daniel.
Querido Daniel: cuando dentro de unos momentos hagas tu Profesión de Fe y tu Juramento de Oficio, no estarás simplemente pronunciando unas fórmulas. Estarás manifestando públicamente que deseas seguir a Cristo con un corazón indiviso y servir a su Iglesia con fidelidad.
El ministerio diaconal tiene precisamente esta característica evangélica: el servicio. El diácono está llamado a ser signo sacramental de Cristo Servidor. No es ordenado para ocupar un lugar de privilegio, sino para recordar a toda la Iglesia que la grandeza del Evangelio se mide por la capacidad de ponerse de rodillas ante las necesidades de los hermanos.
Cuando Jesús dice que quien quiera seguirlo debe tomar su cruz, está invitando a una entrega concreta y cotidiana. Esa cruz no es solamente el sufrimiento; es la disponibilidad permanente para servir, para escuchar, para acompañar, para consolar, para anunciar la Palabra y para acercarse a quienes muchas veces nadie ve.
El texto que hemos meditado nos recuerda que el discípulo debe pasar de la filia, el afecto limitado a los propios, al ágape, el amor universal que viene de Dios. Ésta es también la misión del diácono: ayudar a la comunidad a ensanchar el corazón. No quedarse solamente con los cercanos, con los conocidos o con los que piensan igual, sino abrirse a todos, especialmente a quienes viven alguna forma de pobreza material, espiritual o afectiva.
El diácono está llamado a hacer visible ese amor sin fronteras. A recordar que la Iglesia existe para evangelizar, para servir y para salir al encuentro de los más necesitados. Su ministerio debe ser un puente entre el altar y la calle, entre la celebración y la caridad, entre la Palabra proclamada y la vida concreta de las personas.
También la segunda lectura nos ayuda a comprender esta vocación. San Pablo nos dice que por el bautismo hemos muerto con Cristo para resucitar con Él a una vida nueva. Todo ministerio en la Iglesia nace de esta verdad. Nadie puede servir auténticamente si antes no ha muerto a sus egoísmos, a sus intereses personales y a sus búsquedas de reconocimiento.
Querido Daniel, la Iglesia te confía una misión hermosa y exigente. Que nunca pierdas de vista que el centro de tu ministerio es Cristo. Que tu servicio brote siempre de la oración. Que tu cercanía a los pobres sea un reflejo de la cercanía de Jesús. Que tu palabra anuncie el Evangelio y que tu vida lo haga creíble.
Dentro de esta celebración también serán bendecidos los ornamentos que acompañarán tu ministerio diaconal. Estos signos sagrados no son adornos ni distinciones honoríficas. La estola cruzada sobre el pecho y la dalmática recuerdan que el diácono está revestido de Cristo servidor. Cada vez que los uses, deberán recordarte que has sido llamado no para ser servido, sino para servir. Son un signo visible de una realidad interior: la disponibilidad para anunciar la Palabra, servir en la liturgia y ejercer la caridad con los más pobres y necesitados. La bendición de estos ornamentos expresa la súplica de la Iglesia para que quien los vista sea también revestido de humildad, fidelidad y amor evangélico, de modo que su vida refleje aquello que celebra y proclama.
Y a nosotros, hermanos, esta celebración nos recuerda que todos somos discípulos misioneros. Todos estamos llamados a poner a Cristo por encima de cualquier otro apego y a vivir el amor grande del Evangelio, ese amor que no conoce fronteras, que se inclina ante el que sufre y que hace presente el Reino de Dios en medio del mundo.
Encomendemos a nuestro hermano Daniel, a su esposa y a sus hijos a la gracia de Dios. Agradecemos profundamente a su familia por acompañar con la comunidad la vocación diaconal. Gracias por comprender que el llamado del Señor, lejos de disminuir el amor familiar, lo ensancha, lo fortalece y lo convierte en bendición para muchos.
Que el Señor los sostenga siempre y haga fecundo este camino compartido de servicio y entrega. Que Él, que ha llamado a Daniel al ministerio diaconal, le conceda perseverar con alegría, humildad y fidelidad. Y que todos nosotros, cada uno según la vocación recibida, podamos servir a Cristo y a su Iglesia con un corazón generoso y disponible.
Que la Santísima Virgen María, humilde servidora del Señor, acompañe a Daniel en este nuevo paso de su camino vocacional y nos enseñe a todos a decir cada día, con generosidad y confianza: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad».
Amén.
SAGRADO CORAZÓN
DE JESÚS
FIESTA
PATRONAL 2026
"Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados"
Queridos hermanos:
En esta Fiesta Patronal del Sagrado Corazón de Jesús, la Palabra de Dios nos abre una vez más la puerta del corazón de Cristo. El Evangelio nos presenta a Jesús que eleva su mirada al Padre y proclama:
"Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado estas cosas a los pequeños." Y luego dirige a todos una de las invitaciones más hermosas de todo el Evangelio: "Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré."
Estas palabras tienen una fuerza particular en nuestro tiempo. Porque vivimos en una sociedad llena de cargas, de miedos y de cansancios. Son muchos los hombres y mujeres que caminan entre nosotros llevando yugos pesados. Está el yugo de la soledad de tantos ancianos que se sienten olvidados. El de las familias que luchan para llegar a fin de mes. El de quienes viven atravesados por la enfermedad, la angustia o la incertidumbre. El de los jóvenes que buscan sentido para sus vidas y muchas veces encuentran puertas cerradas. El de quienes experimentan la marginación, la indiferencia o el rechazo. Son heridas reales que atraviesan nuestro pueblo. Y muchas veces la respuesta del mundo es exigir más, competir más, producir más, encerrarse más en uno mismo.
Pero Jesús propone otro camino. No responde desde el poder ni desde la distancia. Responde desde su Corazón. Por eso dice: "Aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón."
El Sagrado Corazón de Jesús no es simplemente una devoción piadosa. Es una escuela de vida. Es la revelación de un Dios que se acerca a la fragilidad humana, que carga nuestras cruces y que nunca abandona a sus hijos. Por eso, contemplar el Corazón de Jesús significa aprender a mirar a los demás como Él los mira, especialmente a los más pequeños, a los más pobres, a los más olvidados.
Y aquí surge una pregunta que debemos hacernos como comunidad: ¿Qué respuesta damos nosotros a los yugos, las aflicciones y los agobios de nuestros hermanos? Porque no basta con admirar el Corazón de Jesús. Estamos llamados a convertirnos en prolongación de ese Corazón en medio de nuestro pueblo.
Queremos ser una comunidad que no tenga miedo de ensuciarse las manos con la humanidad herida. Una comunidad que salga al encuentro del que está caído. Una comunidad que visite al enfermo, acompañe al anciano, escuche al que está solo, sostenga al que sufre y anuncie la esperanza a quien la ha perdido. Porque Jesús no salvó al mundo desde lejos. Tocó a los leprosos, abrazó a los pecadores, lloró con quienes lloraban y terminó entregándose por completo con los brazos abiertos en la cruz. Su Corazón traspasado sigue siendo hoy la fuente de nuestra misión.
Y en esta Fiesta Patronal también queremos mirar nuestra propia historia.
Hace setenta y dos años, el querido Padre Andrés, junto con un grupo de fieles llenos de fe y esperanza, colocó el primer ladrillo de esta comunidad parroquial. Aquella generación soñó una Iglesia viva, evangelizadora y cercana a su pueblo. Con esfuerzo, sacrificio y amor fueron construyendo esta casa que hoy heredamos.
Les debemos gratitud. Pero la mejor manera de honrar a quienes nos precedieron no es solamente recordar lo que hicieron, sino continuar la misión que nos dejaron. Porque ha llegado el tiempo de preguntarnos no solamente por los ladrillos que levantamos, sino por los frutos que estamos dando. El Señor no vendrá a preguntarnos cuántos salones construimos, sino cuánto Evangelio sembramos. No nos preguntará solamente por las obras materiales, sino por las personas que ayudamos a acercarse a Dios. Y por eso debemos escuchar con seriedad la llamada de la Palabra.
Jesús espera frutos.
Tenemos que reconocer con profunda
gratitud que, en estos últimos años, el Señor ha derramado abundantes gracias
sobre nuestra comunidad. Hemos podido servir pastoralmente de muchas maneras:
acompañando a los enfermos en sus momentos de fragilidad, animando a los
jóvenes y sus familias en su camino de fe, creciendo en la amistad con Jesús a
través de la catequesis, y celebrando la vida con memoria agradecida en cada
Eucaristía.
También hemos procurado hacer presente el amor de Dios compartiendo el pan con quienes más lo necesitan, sosteniéndonos mutuamente en la oración y permaneciendo atentos a lo que el Espíritu Santo nos inspira y nos pide. De este modo, buscamos ser instrumentos de la misericordia del Señor, haciendo realidad sus palabras: «Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré».
Sin embargo, al contemplar el camino recorrido, también escuchamos el llamado del Señor a dar un paso más. La cosecha sigue siendo abundante, pero los trabajadores son pocos. Por eso, cada bautizado está llamado a asumir con generosidad la misión que ha recibido. No podemos conformarnos con observar desde lejos ni delegar en otros la tarea evangelizadora. El Señor espera frutos de nuestra fe, de nuestro compromiso y de nuestro amor concreto. Que no seamos como la higuera estéril del Evangelio, sino discípulos misioneros que, unidos a Cristo, den frutos abundantes para la gloria de Dios y el bien de nuestros hermanos.
La higuera estéril del Evangelio es una advertencia para toda comunidad que corre el riesgo de acostumbrarse a existir sin dar fruto. Por eso ya no es tiempo de excusas.
Nadie puede decir: "Ya hice suficiente."
Nadie puede decir: "Mi tiempo
pasó."
Nadie puede decir: "No tengo
tiempo."
Nadie puede responder al Señor como
aquellos que escucharon a Pablo en el Areópago diciendo: "Otro día te
escucharemos."
Mientras tengamos vida, seguimos siendo discípulos misioneros. La jubilación existe para los trabajos humanos, pero no para el Evangelio. Hasta el último aliento podemos rezar, acompañar, servir, enseñar, escuchar, consolar y anunciar. Por eso debemos preguntarnos también:
¿Qué talentos me regaló Dios que todavía tengo enterrados?
¿Cuántas capacidades guardo por
miedo, comodidad o indiferencia?
¿Cuántos dones podrían ponerse al
servicio de la comunidad y todavía permanecen dormidos?
Muchas veces el problema no es la falta de talentos, sino la falta de compromiso. Y el Corazón de Jesús hoy nos llama a despertar esos dones y ponerlos al servicio de la misión. Porque si dejamos de dar frutos, corremos el riesgo de convertirnos en una Iglesia envejecida espiritualmente, encerrada sobre sí misma, preocupada solamente por conservar lo que tiene.
Una Iglesia que administra pero no evangeliza.
Una Iglesia que ocupa espacios pero
no transforma vidas.
Una Iglesia aplastada por sus propias
estructuras.
Por eso ya no hay lugar para el
"siempre se hizo así".
Ya no hay lugar para los celos, las
rivalidades o las búsquedas de protagonismo.
Ya no hay lugar para los caprichos
personales.
Ya no hay lugar para defender
pequeños espacios como si fueran propiedades privadas.
Todo pertenece a Cristo. Todo debe estar al servicio de la misión. Todo debe ayudarnos a llevar el amor del Sagrado Corazón a quienes más lo necesitan. Y por eso creemos que esta Fiesta Patronal, iluminada por el camino recorrido en nuestra Asamblea Parroquial, marca verdaderamente un antes y un después para nuestra comunidad. No porque comience simplemente un nuevo programa pastoral. No porque hayamos elaborado nuevos proyectos. Sino porque queremos responder con generosidad a lo que Dios nos está pidiendo hoy. Ya no queremos vivir solamente según nuestros tiempos, nuestros cálculos o nuestras seguridades.
Queremos entrar en el tiempo de Dios. Los griegos llamaban a este tiempo Kairós, el tiempo oportuno, el tiempo de la gracia, el momento en que Dios pasa por nuestra vida y nos invita a responder. Y creemos que este es un Kairós para nuestra parroquia.
Un tiempo para salir.
Un tiempo para comprometernos.
Un tiempo para caminar juntos.
Un tiempo para poner nuestros
talentos al servicio del Reino.
Un tiempo para llevar el Corazón de
Jesús a cada rincón de nuestra ciudad.
Porque la vida eterna no comienza solamente después de la muerte. La vida eterna comienza aquí cuando vivimos el amor de Dios. No se construye únicamente rezando palabras, sino transformando la oración en servicio, la fe en compromiso y la Eucaristía en caridad concreta. La vida eterna se construye cada vez que regalamos nuestra vida a los demás. Eso fue lo que hizo Jesús. Desde la cruz abrió completamente su Corazón y no se reservó nada para sí. Y esa es también nuestra vocación.
Que quienes están afligidos encuentren consuelo.
Que quienes están agobiados
encuentren alivio.
Que quienes están olvidados
encuentren hermanos.
Y que nuestro pueblo pueda descubrir,
a través de nuestra vida, que el Corazón de Jesús sigue latiendo hoy en medio
de su Iglesia.
Y que la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo permanezcan con todos ustedes; para que, arraigados en el Corazón de Cristo, den frutos abundantes de santidad, de servicio y de evangelización hasta el día en que el Señor vuelva a llamarnos a su presencia.
Que así sea. Amén.
SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO
LA EUCARISTÍA NOS ENSEÑA A MIRAR COMO JESÚS
Queridos hermanos:
Cada domingo vamos a la Misa porque necesitamos encontrarnos con Jesús. Vamos con nuestras alegrías y preocupaciones, con nuestros cansancios y esperanzas. Vamos porque sabemos que aquí el Señor nos habla en su Palabra y nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre.
Pero la Eucaristía no es solamente un momento de encuentro con Jesús. Es también una escuela donde aprendemos a amar como Él ama.
Cuando Jesús se queda con nosotros bajo la sencillez del pan y del vino, nos está enseñando algo de su propio corazón. Él no se reserva para unos pocos; se entrega para todos. No pregunta quién lo merece más o quién lo merece menos. Simplemente se dona. Y quien recibe ese amor está llamado a vivir de la misma manera.
Por eso la Iglesia siempre ha enseñado que la Eucaristía y el amor al prójimo no pueden separarse. No podemos acercarnos al altar y permanecer indiferentes al dolor de quienes caminan a nuestro lado. No podemos reconocer a Cristo presente en la Hostia consagrada y dejar de reconocerlo en el hermano que sufre, en el anciano que vive en soledad, en la familia que atraviesa dificultades, en el enfermo que espera una visita, en quien necesita una palabra de consuelo.
San Pablo tuvo que llamar la atención a los cristianos de Corinto porque celebraban la Cena del Señor mientras algunos hermanos pasaban necesidad. Habían olvidado que todos formaban un solo cuerpo. Habían olvidado que el Pan que compartían los hacía hermanos.
Y quizás también nosotros necesitamos volver a escuchar esa llamada. Porque a veces podemos pensar que la vida cristiana consiste solamente en rezar, asistir a Misa o cumplir algunas prácticas religiosas. Sin embargo, el Señor nos pregunta algo más profundo: ¿Qué está produciendo la Eucaristía en tu corazón? ¿Te está haciendo más compasivo? ¿Más cercano? ¿Más atento a los demás? ¿Más dispuesto a compartir?
La verdadera comunión con Cristo siempre genera comunión con los hermanos. Por eso son tan fuertes y tan actuales las palabras de San Juan Crisóstomo, uno de los grandes santos de la Iglesia. Él decía: «¿Quieren en verdad honrar el cuerpo de Cristo? No permitas que esté desnudo. No lo honren en el templo con manteles de seda mientras afuera lo dejan pasar frío y desnudez».
Qué hermosa enseñanza para nosotros. Porque nos recuerda que Jesús no nos espera solamente en el Sagrario. También nos espera en las periferias de la vida, allí donde hay sufrimiento, pobreza, tristeza o abandono.
A veces pensamos que ayudar a los demás requiere grandes recursos o posibilidades extraordinarias. Sin embargo, el mismo San Juan Crisóstomo decía que si cada cristiano compartiera un poco de lo suyo, muchos sufrimientos podrían aliviarse.
Y eso vale también para nosotros. Tal vez no podamos resolver todos los problemas, pero sí podemos hacer algo. Podemos compartir tiempo, escucha, cercanía, afecto, alimento, esperanza. Podemos visitar a alguien que está solo. Podemos acompañar a quien atraviesa una enfermedad. Podemos tender la mano a quien necesita ayuda. Podemos construir una comunidad donde nadie se sienta olvidado.
La Eucaristía nos enseña precisamente eso: a partirnos y compartirnos. Pienso en nuestra vida parroquial. Todo lo que hemos venido discerniendo y trabajando juntos tendrá sentido si nos ayuda a parecernos más a Jesús. No seremos una comunidad renovada solamente por tener mejores estructuras o más actividades. Seremos verdaderamente una comunidad eucarística cuando aprendamos a mirarnos como hermanos, a cargar juntos las dificultades y a preocuparnos especialmente por quienes más necesitan de nuestra cercanía.
Cada Misa termina con un envío: «Pueden ir en paz». No significa que la celebración terminó simplemente. Significa que ahora debemos llevar a la vida lo que hemos celebrado. El Señor nos envía para ser presencia de su amor en medio del mundo.
Hoy, al acercarnos a comulgar, pidámosle la gracia de tener su mismo corazón. Que al recibir el Pan de Vida aprendamos a convertirnos también nosotros en pan partido para los demás. Que nadie pase junto a nosotros sin encontrar una palabra de esperanza, un gesto de misericordia o una mano tendida.
Y que la Virgen María, mujer eucarística, nos enseñe a llevar a Cristo en el corazón para compartirlo con todos, especialmente con los más pobres, los más pequeños y los más sufrientes.
Amén.
HOMILIA SOBRE LA SOMNIDAD
DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
El kintsugi (en chino "reparación dorada") o kintsukuroi (en japonés: "reparación de oro") es una técnica de origen japonés para arreglar fracturas de la cerámica con barniz de resina espolvoreado o mezclado con polvo de oro, plata o platino. Forma parte de una filosofía que plantea que las roturas y reparaciones forman parte de la historia de un objeto, y que deben mostrarse en lugar de ocultarse, incorporarse y además hacerlo para embellecer el objeto, poniendo de manifiesto su transformación e historia.
El kintsugi, esa antigua técnica japonesa que repara una vasija rota con polvo de oro, puede ayudarnos a contemplar hoy el misterio de la Santísima Trinidad.
Nuestra humanidad se parece muchas veces a ese jarrón quebrado. Vivimos en un tiempo lleno de grietas. Grietas personales, familiares, sociales y espirituales. Y muchas veces intentamos esconderlas por vergüenza, miedo o cansancio.
Hoy vemos grietas en el corazón de tantos jóvenes que viven sin horizonte, atrapados en la ansiedad, la soledad o la sensación de no valer nada.
Vemos grietas en las familias heridas por las divisiones, la falta de diálogo, la violencia, las adicciones o las ausencias afectivas.
Vemos grietas en quienes trabajan sin descanso y aun así no logran vivir con dignidad; en quienes sienten que el futuro se volvió incierto y pesado.
Vemos grietas en una sociedad donde crecen el individualismo, la agresividad y la indiferencia frente al dolor ajeno.
Vemos grietas en los ancianos que se sienten descartados, en los enfermos olvidados, en quienes cargan duelos silenciosos o depresiones que nadie escucha.
Vemos grietas en la Iglesia cuando faltan testimonios creíbles, cuando las comunidades se enfrían o cuando el cansancio pastoral apaga la alegría del Evangelio.
También nosotros tenemos grietas interiores: pecados repetidos, heridas de la infancia, frustraciones, culpas, miedos, palabras que nos marcaron, afectos rotos, sueños truncados y una fe que a veces vacila.
Pero el Evangelio de hoy nos recuerda algo inmenso: Dios no desecha lo quebrado.
El Padre es como el artesano del kintsugi. No tira la vasija rota. La recoge con ternura porque sigue viendo en ella una belleza que nadie más percibe. Para Dios, ninguna vida está perdida.
El Hijo, Jesucristo, entra en nuestras fracturas y las une con el oro de su amor. En la cruz, Cristo tomó nuestras heridas para que ninguna grieta humana quedara fuera del abrazo de Dios. Sus llagas gloriosas son la prueba de que el amor puede transformar el dolor en vida nueva.
Y el Espíritu Santo es quien da nueva belleza a la obra restaurada. Él hace que las heridas sanadas se conviertan en compasión, que el sufrimiento se vuelva sabiduría, que quien cayó pueda levantarse y ayudar a otros a levantarse.
El kintsugi no esconde las cicatrices: las ilumina con oro. Así obra también la Santísima Trinidad. Dios no ama una versión perfecta e impecable de nosotros; ama nuestra historia real, incluso allí donde estamos quebrados.
Tal vez el gran problema del mundo actual no sea solamente que estamos heridos, sino que creemos que nuestras heridas ya no tienen remedio. Y ahí aparece la esperanza cristiana: la Trinidad sigue trabajando sobre nuestra fragilidad.
Quizás el verdadero milagro no sea volver a ser “como antes”, sino descubrir que, en las manos de Dios, una vida rota puede transformarse en una obra más humana, más humilde y más luminosa.
Amén.









