«Amar a Dios y amar como Jesús»

 

«Amar a Dios y amar como Jesús»



Queridos catequistas:

 El Evangelio que acabamos de escuchar nos lleva a lo esencial de nuestra fe. Cuando le preguntan a Jesús cuál es el mandamiento más importante, Él responde: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu», y agrega: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

 Y al escuchar estas palabras, es imposible no pensar en ustedes. Porque, en definitiva, ser catequista es una manera muy concreta de amar.

 Es amar a Dios y demostrar ese amor poniéndose al servicio de los demás. Es regalar tiempo, compartir la fe, escuchar, acompañar, tener paciencia y volver a empezar. Es estar allí, semana tras semana, muchas veces después de una jornada de trabajo, de las responsabilidades familiares y del cansancio de cada día. Y, sin embargo, ustedes vienen.

 Vienen porque hay algo que los mueve por dentro: el deseo de que un niño, un adolescente o una familia pueda encontrarse con Jesús y descubrir cuánto los ama Dios. Por eso hoy queremos detenernos, aunque sea por un momento, para decirles algo que quizás no decimos lo suficiente: Gracias. Gracias de corazón.

 Gracias por cada encuentro preparado, por cada palabra compartida, por cada oración, por cada gesto de cariño. Gracias por la paciencia cuando las cosas no salen como esperábamos. Gracias por la alegría que transmiten, incluso en los días difíciles. Gracias por estar disponibles y por hacer de la catequesis no solamente una tarea, sino un verdadero servicio de amor.

 Muchas veces el catequista siembra y no ve inmediatamente los frutos. Quizás hoy un niño no recuerda todo lo que le enseñamos. Quizás algunas palabras parecen perderse entre tantas cosas. Pero hay algo que queda: la experiencia de haber sido recibido, escuchado, querido y acompañado. Y eso también es anunciar a Jesús.

 Porque muchas veces nuestros niños conocerán el rostro de Dios a través del rostro de quienes los acompañamos. Conocerán la ternura de Dios a través de nuestra ternura. Descubrirán que la Iglesia es una familia cuando nosotros sepamos recibirlos como parte de ella. Por eso, queridos catequistas, su presencia vale muchísimo. No solamente por lo que hacen, sino por el corazón que ponen en lo que hacen.

 Hoy queremos agradecerles especialmente por ese corazón entregado. Por las horas que nadie ve, por las preocupaciones que quizás se quedan en silencio, por las veces que tuvieron que reorganizar sus tiempos para poder estar. Por cada «sí» que le dieron al Señor. Y también queremos decirles que ustedes son importantes para nuestra comunidad.

 La parroquia necesita sus manos, pero mucho más necesita sus corazones. Necesita su alegría, su creatividad, su paciencia, su testimonio y, sobre todo, esa disponibilidad para seguir caminando junto a otros.

Queridos catequistas, no olviden nunca que Jesús no los llamó porque fueran perfectos, sino porque quiso contar con ustedes. Y cuando llegue el cansancio, cuando alguna vez sientan que no ven frutos o que cuesta seguir, vuelvan a este Evangelio: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón». Todo lo que hacen tiene sentido cuando nace del amor.

 Que el Sagrado Corazón de Jesús, que conoce y comprende cada esfuerzo, cada alegría y cada cansancio, los abrace profundamente. Que les devuelva con abundancia todo el amor que ustedes entregan. Que renueve sus fuerzas y les regale siempre la alegría de servir.

 Y que algún día podamos descubrir que detrás de cada niño que creció en la fe, detrás de cada familia que volvió a acercarse a la Iglesia, detrás de cada corazón que aprendió a confiar en Jesús, hubo un catequista que simplemente dijo: «Sí, quiero ayudar». Por eso hoy, como comunidad, queremos decirles con muchísimo cariño:

 Gracias por su entrega.

Gracias por su paciencia.
Gracias por su generosidad.
Gracias por su tiempo.
Gracias por su testimonio.
Y gracias, sobre todo, por amar.

 Que Dios bendiga sus vidas, sus familias y cada paso que dan al servicio de la catequesis.

Y que nunca olviden que todo lo que hacen por amor a Jesús y por amor a nuestros niños, Dios lo guarda en su corazón.

Amén.

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