Homilía: Domingo XXI durante el año
Homilía: Domingo
XXI durante el año
Evangelio: Mateo
16, 13-20
Queridos hermanos:
El Evangelio de este domingo nos presenta un camino. Un
camino que Jesús hace recorrer a sus discípulos para llevarlos, poco a poco, a
una relación más profunda con Él.
Podríamos decir que es un camino en espiral:
comenzamos desde lo que escuchamos decir, pasamos por lo que otros piensan y,
finalmente, llegamos al centro de nuestra propia vida, allí donde ya no podemos
responder por otros, sino solamente por nosotros mismos.
Jesús comienza preguntando:
«¿Qué dice la gente acerca del Hijo del hombre?»
Es una primera pregunta. Jesús quiere saber qué se dice de
Él. Y las respuestas son variadas: algunos dicen que es Juan el Bautista, otros
Elías, otros Jeremías o alguno de los profetas.
Son respuestas que, de alguna manera, reconocen algo
verdadero acerca de Jesús, pero todavía no alcanzan el centro.
También hoy podríamos hacer esa pregunta:
¿Qué dice la gente de
Jesús?
¿Qué piensa nuestra
sociedad de Jesús?
¿Qué piensa de la Iglesia?
¿Qué piensa de nuestras comunidades cristianas?
Seguramente encontraríamos respuestas muy diferentes.
Para algunos, Jesús es un gran hombre, un personaje de la
historia, un maestro de moral. Para otros, un profeta. Para otros, alguien a
quien recurrir cuando las cosas van mal.
Y quizás también hay quienes buscan a Jesús esperando que
les resuelva los problemas. Que les quite el sufrimiento, que cure una
enfermedad, que solucione una dificultad, que cambie una situación injusta.
Como si Jesús fuera una especie de «salvador mágico», alguien que tiene
que intervenir para arreglar inmediatamente aquello que nosotros no podemos
solucionar.
Pero Jesús no se queda ahí.
Da un paso más.
Mira a sus discípulos, a aquellos que han caminado con Él,
que han escuchado sus palabras, que han visto sus gestos, que han compartido su
vida, y les pregunta:
«Y ustedes, ¿quién dicen que soy?»
Ahora la pregunta cambia.
Ya no alcanza con saber lo que dice la gente.
Ahora Jesús pregunta por una respuesta personal.
«¿Y ustedes quién dicen que soy?»
Y entonces aparece Pedro.
Pedro rompe el silencio y hace una extraordinaria profesión
de fe:
«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».
Pedro ha llegado al centro.
Ya no dice simplemente quién piensa que es Jesús. Confiesa
quién es verdaderamente: el Mesías, el Hijo de Dios vivo.
Pero Jesús le hace comprender algo fundamental: Pedro no ha
llegado a esa respuesta solamente por su inteligencia, por sus conocimientos o
porque haya escuchado muchas predicaciones. Es el Padre quien se lo ha
revelado.
Es decir: para reconocer verdaderamente quién es Jesús
necesitamos abrirnos a Dios. Necesitamos dejarnos iluminar por el Espíritu
Santo.
Y aquí aparece la pregunta fundamental que este Evangelio
nos deja hoy:
¿Quién es Jesús para nosotros?
Porque podemos saber muchas cosas sobre Jesús y, sin
embargo, todavía no haber entrado verdaderamente en amistad con Él.
Podemos conocer el Evangelio, participar de la Misa,
trabajar en la parroquia, ser catequistas, servidores, ministros, religiosos,
sacerdotes, agentes pastorales... y, sin embargo, necesitamos volver a escuchar
personalmente la pregunta de Jesús:
«¿Quién soy yo para vos?»
No solamente:
¿Qué aprendiste sobre mí?
¿Qué dice la Iglesia sobre mí?
¿Qué dicen los demás sobre mí?
Sino:
¿Quién soy yo en tu vida?
¿Soy solamente aquel a quien acudís cuando tenés un
problema?
¿Soy aquel que esperás que te resuelva todo?
¿Soy un Dios al que recurrís solamente cuando necesitás
algo?
¿O soy realmente el Señor de tu vida, el amigo que camina
con vos, aquel que te sostiene, te transforma y te invita a seguir sus pasos?
Porque una cosa es saber quién es Jesús y otra muy
distinta es vivir con Jesús.
Una cosa es conocer sus enseñanzas y otra es dejar que su
Evangelio transforme nuestra vida.
Una cosa es decir que creemos en Él y otra es confiar en Él
cuando las cosas no salen como nosotros queremos.
Y quizás este Evangelio también nos invita a mirarnos como
comunidad.
Porque hay otra pregunta que no podemos dejar de hacernos:
¿Qué imagen de Jesús estamos mostrando a los demás?
Muchas veces la gente no conoce a Jesús por lo que nosotros
decimos de Él, sino por lo que experimenta cuando se encuentra con nosotros.
¿Qué encuentra alguien cuando llega a nuestra comunidad?
¿Encuentra funcionarios de lo religioso o encuentra
pastores?
¿Encuentra personas preocupadas solamente por cumplir cosas
o una comunidad que sabe escuchar, acompañar, recibir y abrazar?
¿Encuentra una Iglesia que juzga o una Iglesia que anuncia
la misericordia?
¿Encuentra una comunidad cerrada sobre sí misma o una
comunidad que sale al encuentro?
Porque si verdaderamente creemos que Jesús es el Hijo de
Dios vivo, esa fe necesariamente tiene que transformar nuestra manera de
vivir y de relacionarnos.
No podemos decir que Jesús es nuestro Señor y permanecer
indiferentes ante el dolor del hermano.
No podemos proclamar que Jesús es el Salvador y, al mismo
tiempo, construir comunidades donde alguien se sienta solo, juzgado o excluido.
No podemos decir que seguimos a Jesús si no aprendemos de Él
a mirar, escuchar, acompañar y servir.
Por eso, el Evangelio nos invita hoy a recorrer ese camino
en espiral: comenzar por lo que otros dicen de Jesús, pasar por lo que nosotros
creemos y llegar finalmente al centro de nuestro corazón.
Y allí, en el silencio de nuestra oración, dejar que Jesús
nos mire y nos pregunte:
«¿Quién soy yo para vos?»
Quizás esa sea la pregunta que podemos llevarnos esta
semana.
No necesitamos buscar inmediatamente una respuesta bonita,
religiosa o aprendida.
Simplemente dejar que Jesús nos pregunte:
¿Quién soy yo para vos?
¿Qué lugar ocupo en tu vida?
¿Soy realmente tu Señor?
¿Soy tu amigo?
¿Caminás conmigo?
Y pidámosle al Espíritu Santo la misma gracia que recibió
Pedro: no solamente saber quién es Jesús, sino reconocerlo, amarlo y
seguirlo.
Porque la fe cristiana no consiste solamente en saber cosas
acerca de Jesús.
La fe comienza cuando, desde lo más profundo del corazón,
podemos decir:
«Jesús, vos sos el Señor de mi vida».
Y cuando podemos decirlo de verdad, entonces comienza
también el camino de una vida nueva.
Amén.
